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¡A clase!

Comienza en Colombia el ciclo de clases versión 2017 y todo vuelve a lo mismo, cada día trae su afán, cupos, matrículas, compra de útiles, uniformes y al final unos y otros creen que se están educando las personalidades del futuro porque todo está listo, exacto como un reloj.

Profesores listos con sus programas por grados, los padres tranquilos porque ya los muchachos están uniformados y con sus libros debajo del brazo ‘estudiando’ y los alumnos recibiendo información para memorizar y repetir a la hora del parcial, alcanzar una nota y olvidar. Porque es así. Pocos recuerdan después de las pruebas lo que aprendieron solo para utilizar y desechar.

Por eso las cosas en el país no cambian, porque los sistemas educativos están momificados y momifican a los estudiantes. No se enseña lo que realmente fuera productivo, o que pudiera servir para reconocer en los demás los valores de las personas que nos rodean, pese a las diferencias; no se enseña en la práctica el valor del respeto, de la buena fe, de la honradez, del perdón, de la tolerancia, solo se imparte información de datos ‘científicos’ que el estudiante repite y memoriza sin saber para qué diablos le va a servir esa ‘carreta’ en la vida.

Muchos profesores predican las buenas costumbres y los padres enseñan a sus hijos a no pelearse con sus compañeros y a buscar puntos de acuerdo para cuando se complican las cosas.

Pero que se le puede decir a ese niño cuando llega con la cara rota porque un ‘matoncito’ lo golpeó de todas maneras porque no quiso pelear tal como le enseñaron en la casa. Las quejas de los padres ante las directivas del colegio no dan resultado y los golpes se repiten y se repiten, hasta que el niño víctima aprende a defenderse y pelea.

Entonces es llevado a la rectoría y sus padres son requeridos para que ayuden a cambiar la actitud violenta de ese muchacho que casi mata al que siempre lo matoneo.

Esas anormalidades se vuelven costumbre y entonces el muchacho se adapta a esa ‘selva’ y queda expuesto a caer en los llamados del vicio y las malas costumbres que le inculcan sus ‘tutores compañeritos’ que le enseñaron a defenderse y ‘más allá’.

La educación en Colombia es una repetición de repeticiones pero no se enseña a discernir, a fortalecer el carácter, no se enseña a aprender, no se les dice a los alumnos de la importancia de adquirir realmente conocimientos que sirvan para después del bachillerato abrazar el estudio de la carrera que realmente los haga felices porque es lo que realmente quieren y aman hacer.
En la mayoría de los jóvenes estudiantes de secundaria hay ignorancia política porque no existe en el pensum una materia que les enseñe la estructura del Estado y la importancia de elegir, por eso es fácil que esa ignorancia los lleve a recibir pagos por votar ofrecidos por algún candidato politiquero.

Pero hay pereza o conveniencia administrativa que permite que nada cambie y que sigamos creyendo que son genios los que recitan lecciones de memoria y desconozcamos que puede haber mucho sabio y mucho emprendedor entre esos alumnos inquietos y preguntones que odian los profesores pero que al fin y al cabo resultan siendo los más exitosos en su etapa productiva.

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