“Hoy moriría feliz”

Más llanto que llorar es ver llorar.

El director técnico del Chapecoense, Caio Júnior, cinco días antes de fallecer, lanzó esa frase que le salió del alma al haber conseguido el paso a una final por primera vez. Pero era solo ‘un decir’, una exclamación emocionada como muchas que prosperan en la boca de los triunfadores que quieren significar lo grande que es para ellos ganar en este apasionante deporte.

Aún en el camerino y en caliente al lograr vencer al actual campeón suramericano lo dijo: “Si muriera hoy, moriría feliz”, porque acababa de dejar en el camino a encopetados equipos del continente y solo lo separaba de la gloria de ser Campeón Suramericano el Nacional de Colombia, algo difícil pero no imposible.

Y todo el pueblo brasilero lo animaba porque era otro Goiás en Brasil, otro Cienciano de Cusco, Perú, era para el caso colombiano otro Patriotas o Águilas, equipos de los considerados chicos pero que se crecen por la fuerza y decisión de aguerridos jugadores que se unen a la estrategia y planificación de su técnico para superar los límites que le intenta marcar la elite de los campeones coperos, son equipos que le ‘corren la cerca’ a los grandes, desmontan pedestales de los inalcanzables y hasta irrespetan la lógica económica y presupuestal para llegar a las finales.

Esa era la importancia de este equipo al que Dios llamó en una edad muy temprana, cuando los sueños apenas empiezan a convertirse en realidad con base en el entrenamiento, la repetición, la formación en todos los sentidos y algunos con la responsabilidad amorosa de comenzar a ser padres y esposos.

Se fueron todos pensando en que el fútbol es una carrera muy corta y que se deben sumar triunfos rápidamente para trascender y llegar a la altura que cada uno va visionando y el partido contra Nacional era otro paso importante, muy importante. Era un examen, un reto y a pesar de no existir lógica en el fútbol esperaban que la preparación, la táctica y las ganas los llevaran al puesto más alto de este torneo continental.

Todo se esfumó con el accidente del avión que los llevaba a enfrentar a colegas que hoy lloran y se sienten como nos sentimos todos: enormemente frágiles.

Nos subimos a un avión pero nunca sabemos si nos vamos a bajar en un aeropuerto o si el destino es el sueño eterno del que no se regresa y que llena de dolor y amargura a tantas personas que se quedan atrás y que deben llorar mientras a su vez les llega el momento.

Sabemos que la muerte es inexorable pero nos aferramos a la delicada línea de la vida y llegan estos instantes en que nos damos cuenta que este soplo de energía es muy efímero y que más llanto que llorar es ver llorar.

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